27 de abril de 2020, lunes de la III
Semana de Pascua, en nuestra Archidiócesis, se celebra la Solemnidad trasladada
de San Isidoro, Obispo y Doctor de la Iglesia, Patrón principal de Sevilla y su
Archidiócesis.
Isidoro provenía de una familia
hispanorromana cuyos cuatro hijos han pasado a los altares: Leandro, Fulgencio,
Florentina y el benjamín Isidoro, que debió de nacer en Sevilla alrededor del
año 560, cuando ya sus padres se habían asentado después del abandono de
Cartagena por no poder soportar la dominación de los bizantinos de Justiniano.
Lo educó y apadrinó su hermano Leandro,
obispo de la metrópoli hispalense desde el 578. Este buen arzobispo había fundado una
escuela donde se impartían las enseñanzas de griego, hebreo y latín, pudiendo
pasar después al monasterio los alumnos más aventajados, si se mostraban
dispuestos a soportar una vida de mayor rigor ascético.
Este fue el caso de Isidoro. Monje
ejemplar por su ascetismo y observante, llegó a ser abad y escribió para sus
monjes un código de leyes –regla– que pusieran orden en la vida monacal; cuidó
con paciencia y empeño promover la alabanza a Dios, el trabajo manual necesario
para la supervivencia y organizando un magnífico estudio donde los pergaminos,
códices y libros fueran considerados casi sagrados. Allí se leía y copiaba
tanto a los Padres antiguos como a los escritores profanos, y se cuidaba
enfáticamente el estudio de la Sagrada Escritura.
Sucedió a su hermano en la sede de Sevilla
en el 601. Presidió el concilio de Sevilla del año 619 y el IV de Toledo en el
633, que –entre otras cosas– sirvió para unificar la disciplina litúrgica
hispánica, organizar la vida religiosa y cuidar sus instituciones.
Por propio testimonio, se conoce su
pensamiento sobre lo que debería ser el obispo para tener solidez de doctrina
teológica: entre sus principales deberes menciona el estudio de la Sagrada
Escritura y leer las vidas de los santos; para atender a sus fieles, había de
ser hombre de intensa oración, ejercitar especialmente la caridad con los
necesitados y hacer visita anual a los fieles.
Se ocupó de la formación del clero que le
ayudaba en el cuidado pastoral, fundando una escuela catedralicia, propició la
vida en común de su presbiterio, dando él mismo ejemplo, y dictó normas para
ayudar a cuidar la castidad, como la de procurar que las mujeres que atendieran
a los clérigos fueran «personas sin ninguna sospecha».
Isidoro fue uno de los hombres sabios que
abarcó todas las ramas del saber.
Esta luminaria de piedad y saber, que fue
linterna para poder palpar en muchos siglos tenebrosos, murió muy anciano el 4
de abril del 636. Dante escribirá en la Divina Comedia que en el
Paraíso «vio llamear el espíritu ardiente de Isidoro».

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