19 de marzo de
2020, hoy celebramos la Solemnidad de San José, Esposo de la Bienaventurada
Virgen María.
Padre adoptivo,
porque su paternidad sobre Jesús no es la común natural y de algún modo hay que
llamarla, aunque la adopción nos suene solo a cosa legal y eso es poco, bien
poco, para la clase de paternidad que ejerció, y que al no tener igual no se
inventó la palabra que con propiedad indique su condición.
Padre nutricio le
llaman otros, porque tienen la parte de verdad que expresa una de las
obligaciones anejas a la paternidad, la de alimentar a la prole, pero se ve que
esto es solo un detalle en comparación con la totalidad. También es común
llamarle putativo por ser conceptuado ante los paisanos como padre verdadero, al
vivir fielmente las obligaciones del mejor de los padres sin que nada indujera
a pensar que no lo era. Es el esfuerzo de la teología, de la piedad, de la
expresión de la fe que no deja de recalcar que no es padre de Jesús –el Verbo
hecho hombre, engendrado por Dios, y por eso tiene la naturaleza de Dios– al
modo como los demás lo son de sus hijos al engendrarlos según la naturaleza
humana. El Evangelio, testigo parco en palabras, afirma: Cuidó de la sagrada
familia en Belén, Egipto y Nazaret.
Esposo casto, no
necesariamente viejo, ni siquiera mayor. El espíritu cristiano que intenta
resaltar incluso plásticamente otro tesoro imperdible, el de la virginidad
perpetua de su esposa, la Virgen María, lo pintó viejo y hasta el más lerdo
entendió el mensaje y así lo dejó; pero lo normal, lo más lógico, lo más noble
y digno es que buscaran Joaquín y Ana para su hija doncella todo un doncel,
viril, apuesto, noble, trabajador y tiernamente capaz de asumir las
responsabilidades del nuevo hogar. Pensar de otro modo sería indignidad.
Tampoco se le dice
nunca carpintero, solo lo llaman así –faber lignanus– los apócrifos, esos
libros piadosos, pero no inspirados, que disfrutan presentando como real la
imaginación de lo posible y que la Iglesia nunca aceptó en su Canon. Sí que fue
artesano.
José pertenecía a
la estirpe davídica y su familia procedía de Belén, la ciudad de David. Así
queda Jesús perfectamente entroncado con la familia real que portaba, dentro de
la tribu de Judá, el estandarte de las profecías que habían de cumplirse en la
posteridad.
Encantador en sus
reacciones. Figura amable y desconcertante por su humildad a pesar de ser tanta
su grandeza.
José contempló el
inefable misterio del nacimiento de Jesús en Belén y quedó admirado con la
maravillosa visita de los pastores y magos adorantes.
Presentó a Jesús
en el Templo a la usanza judía, rescatándolo con el modo acostumbrado por los
pobres.
Fue defensor de
Jesús y de su Madre, cuando la matanza cruel de los inocentes; dispuso marchar
a Egipto, sin tardanza y con la valentía de quien ha asumido una
responsabilidad. El regreso de Egipto tuvo lugar quizá en el año 4, después de
la muerte de Herodes. José no lo tuvo fácil.
Jesús se quedó en
el Templo con doce años y esta es la última aparición de José en los
Evangelios.
Varón justo y
silencioso. Fiel a Dios que se apoyó en él hasta el punto de entregarle su
familia. Probablemente muerto ya en el Calvario, y quizá incluso antes de las
bodas de Caná.
San José es
venerado por la Iglesia ortodoxa (el primer domingo después de Navidad para la
oriental) y por la Iglesia católica, apostólica, romana. Pero es
inexplicablemente tardío el culto occidental. La devoción de tres santos del
tiempo de la Reforma y Contrarreforma: Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola y
Francisco de Sales contribuyeron a extender y popularizar su devoción. No
aparece en el misal romano hasta el siglo XV, con Sixto IV (m. 1481). Hasta
Gregorio XV, en 1621, no fue su fiesta universal. Incluido en el canon Romano
por el papa Juan XXIII, ya en la segunda mitad del siglo XX.
Hoy es el santo
más y mejor tratado, con lógica aplastante; su ambiente, su atmósfera habitual
es la santidad. Por eso es Patrono de la Iglesia universal, porque nadie la
defenderá mejor. Patrono de los carpinteros y artesanos. Patrón de la buena
muerte, sin duda asistido por Jesucristo y en presencia de la Virgen. Custodio
de los seminarios, ¡quién mejor para dar protección a los chicos que un día van
a ser otros Cristos!. Patrón ¡cómo no! de los padres de familia que le miran
para aprender a agradar a Dios ante tanto desvío, ignorancia, autosuficiencia,
para aprender de él a respirar en los ambientes de trabajo un aire limpio menos
egoísta; sí, le piden ayuda para bien gobernar con mano firme el timón de la
barca de su casa y poder acertar a llevarla a buen puerto cuando la ven tan
bamboleada por vientos racheados que presagian zozobra o desvío.
Si existiera un
hagiómetro para medir o pesar a lo humano el grado de santidad, sería con la
lógica de los mortales el primero de los santos. Miembro de pleno derecho de la
llamada y tan invocada trinidad de aquí abajo.
Vara florida. Silencio en el evangelio, ni
una palabra, solo referencias; quizá sea intencionado para dejar que hable lo
insondable de la contemplación, del embeleso, lo sublime de su vida. Prestó ese
servicio –aún más eficaz que oculto– al proyecto divino de la redención humana.
Aunque no siempre entendiera o comprendiera la voluntad de Dios, José la
cumplió y basta.
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