16 de julio de 2019, celebramos la
Solemnidad de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. Santa Misa, a las 20:00 h., en el Templo parroquial.
La intimidad de vida con María era tan
fuerte que se dieron a sí mismos el nombre de «Hermanos de la bienaventurada
Virgen María del Monte Carmelo». Como ella, querían «meditar todas las cosas
referentes a Jesús, conservándolas en su corazón», para cumplir lo que manda la
Regla: «Mediten día y noche en la Palabra de Dios a no ser que estén ocupados
en otras legítimas actividades». A ella la tenían por modelo de vida en la
oración constante y en el servicio de Cristo, por lo que la consideraban
hermana mayor o priora (no olvidemos que el prior es el «primus inter pares»,
es decir el ‘primero entre iguales’).
Este título les causó serios problemas
cuando se trasladaron a Europa durante el siglo XIII. En aquella sociedad
feudal admitían que unos religiosos se consagraran a ser «oblatos», «siervos» o
«esclavos» de la Virgen. Pero les parecía una falta de respeto que quisieran
ser considerados sus «hermanos» y que pretendieran una intimidad con ella que a
muchos les parecía irreverente. En la época, todos alababan los privilegios de
la Madre de Dios, pero pocos consideraban su vida real y se atrevían a
proponerla como modelo de fe. Por eso les insistieron en que cambiaran el
nombre de la Orden.
Además, el concilio IV de Letrán había
prohibido en 1215 la creación de nuevas Órdenes religiosas. Numerosos obispos
no aceptaban la presencia de los carmelitas en sus diócesis, alegando que
pertenecían a una Orden nueva y desconocida. De nada servía que los carmelitas
les recordaran sus orígenes en el Monte Carmelo y que su Regla había sido
promulgada por el patriarca de Jerusalén.
A pesar de que los sucesivos papas
escribieron varias cartas de recomendación para los carmelitas, las
persecuciones se sucedían, llegando en algunos casos a la prohibición de
celebrar el culto público en sus iglesias y al desmantelamiento de sus pobres
conventos. Muchos amigos de la Orden les sugerían que buscaran el patrocinio de
algún señor feudal poderoso, al que ofrecieran su obediencia a cambio de
protección, según las costumbres de la época; pero ellos se negaron, afirmando
siempre que la única Señora a la que servían y que había de defenderlos era la
Virgen María. Ella era la Señora del Carmelo y sus hermanos e hijos confiaban
en su auxilio.
El escapulario:
Por entonces la gente normal disponía de
poca ropa. Normalmente solo tenía una túnica, que se protegía con una especie
de bata o gran delantal durante los trabajos. A esta prenda protectora se
llamaba «escapulario», porque caía desde las «escápulas» (los hombros)
cubriendo el pecho y las espaldas. Los siervos de cada señor feudal llevaban
estos escapularios de un determinado color y tamaño, con lo que se podían
distinguir en las guerras, a la hora de pagar peajes por atravesar las tierras
del señor o participar en el mercado, etc.
Como los carmelitas se negaron a tener
ningún señor que les protegiera en la tierra, adoptaron el hábito y el
escapulario de color pardo, de la lana de oveja sin teñir, que es el que
llevaban los pobres y desheredados. Mientras tanto, seguían confiando en el
auxilio de María.
Cuenta la tradición que un general de la
Orden, de origen inglés y de nombre Simón Stock, especialmente devoto de la
Virgen, rezaba cada día para que acabaran las persecuciones con la siguiente
oración: «Flos Carmeli, Vitis Florigera, Splendor coeli, Virgo puerpera,
Singularis, Mater mitis, Sed viri nescia, Carmelitis sto Propitia, Stella
maris». Que traducido al español dice: «Flor del Carmelo, Viña florida,
Esplendor del cielo, Virgen singular. ¡Oh, Madre amable! Mujer sin mancilla,
muéstrate propicia con los carmelitas, Estrella del mar».
Respondiendo a su oración, en 1251 la
Virgen María habría venido a su encuentro con el escapulario marrón en sus
manos, el mismo que los religiosos habían escogido, porque no querían señores
feudales que les protegieran, ya que sabían que la Virgen era su Señora. Y la
Virgen le habría dicho: «Este escapulario es el signo de mi protección». La
verdad es que, a partir de entonces, fueron cesando las persecuciones y el
escapulario se convirtió en signo de consagración a María y de su protección
continua.
En torno al escapulario se multiplicaron
las tradiciones. La más importante es la de «la bula sabatina», que parte de un
sueño del papa Juan XXII, al que la Virgen del Carmen dijo que ella personalmente
sacaría del purgatorio el sábado siguiente a su muerte a quienes fallezcan con
el escapulario.
Hay que reconocer que estas tradiciones se
generalizaron siglos después de las fechas en las que habrían sucedido los
acontecimientos, que permanecen envueltos en la niebla, pero gozaron de una
popularidad cada vez mayor y fueron asumidas por varios papas e historiadores,
sobre todo desde principios del s. XVII, en que la fiesta de la Virgen del
Carmen se convirtió en la principal de la Orden.
Con el tiempo se fundaron numerosas
«cofradías de ánimas», que ofrecían misas por las almas del purgatorio en
altares de la Virgen del Carmen. Muchos cuadros y relieves la representan con
las almas del purgatorio a sus pies y con ángeles que sacan de las llamas a quienes
están revestidos del escapulario. La archicofradía del Carmen llegó a ser la
más extendida de toda la cristiandad, con sede en iglesias de todo el mundo.
Hasta no hace mucho se necesitaba un permiso escrito del general de la Orden
para que un sacerdote pudiera imponer el escapulario agregando, así, a los
fieles a dicha archicofradía, que los papas enriquecieron con numerosas
indulgencias.
A lo largo de los siglos son innumerables
los fieles que han llevado el escapulario como signo de su amor a María.
También son numerosos los prodigios y conversiones que la Virgen ha realizado
entre los que llevan con fe y devoción esta prenda tan humilde.
Pío XII escribió: «La devoción al
escapulario ha hecho correr sobre el mundo un río inmenso de gracias
espirituales y temporales».
Y Pablo VI: «Entre las devociones y
prácticas de amor a la Virgen María recomendadas por el Magisterio de la
Iglesia a lo largo de los siglos, sobresalen el rosario mariano y el uso del
escapulario del Carmen».
Juan Pablo II lo llevaba siempre consigo y
lo recomendó en muchas ocasiones, afirmando: «En el signo del escapulario se
pone de relieve una síntesis eficaz de espiritualidad mariana que alimenta la
vida de los creyentes, sensibilizándolos a la presencia amorosa de la Virgen
Madre en su vida. El escapulario es esencialmente un “hábito”. Quien lo recibe
queda agregado a la Orden del Carmen, dedicado al servicio de la Virgen por el
bien de la Iglesia y experimenta la presencia dulce y materna de María. ¡Yo
también llevo sobre el corazón, desde hace mucho tiempo, el escapulario del
Carmen!».
Por su parte, Benedicto XVI afirmó: «El
escapulario es un signo particular de la unión con Jesús y María. Para aquellos
que lo llevan constituye un signo del abandono filial y de confianza en la
protección de la Virgen Inmaculada. En nuestra batalla contra el mal, María,
nuestra Madre, nos envuelve con su manto».
La Orden de María:
La identificación entre los frailes
carmelitas y la Virgen María, venerada como Madre y Hermosura del Carmelo, fue
tan grande, que empezaron a ser conocidos como «la Orden de María» y se hizo
común la afirmación: «Totus Marianus est Carmelus» («el Carmelo es todo de
María»). Los carmelitas insistían en que su Orden había sido fundada por el
profeta Elías en honor de la Virgen María, en que ellos habían construido el
primer templo de la historia en su honor y en que ella les había dado numerosas
pruebas de su predilección a lo largo de los siglos.
Lo que está claro es que en el s. XIV,
mientras los papas residían en Aviñón, el día de la Inmaculada Concepción (ocho
de diciembre) los miembros de la curia pontificia participaban en la misa y se
quedaban a comer con los carmelitas, como hacían el día de san Benito con los
benedictinos, el día de san Francisco con los franciscanos y el día de santo
Domingo con los dominicos. Después del regreso de los papas a Roma se conservó
la costumbre, visto que los capítulos generales del siglo XV imponían una tasa
a todas las provincias para sufragar los gastos de dicha fiesta, a la que se
procuraba invitar los mejores predicadores. Se conservan los nombres y los
sermones de algunos de ellos.
Influida por esta mentalidad, santa María
Magdalena de Pazzi tuvo una visión en 1584 en la que distinguía a los miembros
de distintas Órdenes que iban por varios caminos al jardín del paraíso. Al
llegar, cada grupo de religiosos se colocaba junto a un árbol y una fuente y se
alimentaba de sus frutos y bebía de sus aguas. Ella explica que las fuentes
representaban los méritos de sus respectivas Órdenes y los árboles a sus
fundadores: san Agustín, santo Domingo, etc. El camino de los y las carmelitas
no terminaba junto a ningún árbol, sino que conducía directamente a la Virgen
María, la señora del jardín, que los alimentaba con el fruto de su vientre, su
hijo Jesús y les daba a beber del agua de la gracia.
¡FELIZ DÍA DEL CARMEN!
Santa Misa, a las 20:00 h., en el Templo parroquial.



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